Como le sucede a muchos libros, Austerlitz (este volumen, el publicado por Anagrama en su colección Compactos 50) pasó de ser hojeado, deseado y adquirido a languidecer en una estantería durante meses, relegado por otras preferencias y contextos.
De ese destierro lo sacó el interés del lector por corroborar las referencias escuchadas sobre su autor, el alemán W.G. Sebald (1944-2001) y por tratar de comprobar cómo palabra y fotografía, elementos cuyo uso es rasgo distintivo de su completa bibliografía, se entienden y casan.
Austerlitz, protagonista de la novela, profesor universitario de arquitectura y arte, busca sus raíces personales en lugares, rastros familiares y archivos y también imaginando presencias y rostros en documentales televisivos. Desde el mismo momento de su encuentro bajo las bóvedas de la estación central de Amberes, el narrador le cede todo el protagonismo (tantos “[…] dijo Austerlitz…”, como aclaración) para introducirnos a un paseo desesperado, vago y profundo por la Europa de los últimos 40 años del siglo XX.
De la decadente Amberes al País de Gales atrasado y asfixiante en el que Austerlitz pasa su infancia, de la Inglaterra de los colleges y el Londres de los cementerios que frecuenta con nocturnidad, de la inabarcable París a la taciturna Praga, todavía devastada por recuerdos de pogromos, guetos y desplazados.
Y al texto, lánguido, decaído por momentos lo complementa la fotografía, recurso ya manejado por autores coetáneos de Sebald pero que, posiblemente, éste lleve a una expresión superior.
Sebald reunió desde su infancia una considerable colección de fotografías, de su propia familia las menos, la mayor parte adquiridas en almonedas, recogidas en archivos o en antiguos libros, recordatorios de viajes y celebraciones, tarjetas postales, todo un fondo de diferente origen, sin relación inicial alguna y fundamentado, como se puede comprobar en el uso dado aquí, en la capacidad nostálgica que el documento fotográfico posee.
En Austerlitz Sebald parece querer establecer una dependencia entre imagen y texto, negar a ambas un funcionamiento libre; las escoge y emplea no por su valor artístico, incluso deficiente o inexistente en algunos casos, sino por su criterio narrativo, irrelevantes en otros ámbitos y cargadas de coherencia y significado en éste, elementos para la búsqueda personal que el protagonista pretende y para explicar lo fugaz de la vida.

Austerlitz (Anagrama, 2019; colección Compactos50; ilustración, Armando Fidalgo)
