Salvar el fuego (Guillermo Arriaga, Alfaguara, 2020)
Cualquier aparición de Guillermo Arriaga en el mercado editorial siempre supone para el crítico un riesgo. Es explicable: por mucho que el propio autor hubiese dado sus primeros pasos en la novela antes que la escritura para la pantalla, resulta complicado sustraerse al hecho de que de su cabeza han salido algunos de los mejores guiones que nos ha dejado el cine contemporáneo desde Amores perros, hace ya 20 años y el resto de sus fructíferas colaboraciones con Alejandro Iñárritu.
El crítico debe esforzarse aunque en el fondo tenga que acabar admitiendo que sea cuál sea el objetivo final de los textos del mexicano, no deja de ser literatura. De eso se trata, ni más ni menos y en eso nos centramos, independientemente del formato.
Galardonada con el Premio Alfaguara 2020, Salvar el fuego, la sexta novela ya de Arriaga, supone una nueva demostración de lo sencillo que le resulta manejar relatos desde diferentes puntos de vista, narraciones que podrían constituir una historia por sí mismas, pero que amalgama con soltura y eficacia, facilidad que ya demostró tener en anteriores trabajos (pensemos, sin ir más lejos, y por mucho que fuesen retocados y revisados decenas de veces, en libretos como los de 21 gramos o Babel, obras cumbre de su carrera como guionista).
En una de esas historias, la central, Marina Longines, coreógrafa en plena crisis creativa, casada con un economista de éxito, conoce en una cárcel en la que su compañía actúa a José Cuauhtémoc Huiztlic, condenado por asesinato multiple. En esa relación, tan complicada como excesiva, Marina encuentra una pasión que no solo le aleja de su vida cómoda sino que le ofrece un punto desde donde desencallar su creatividad. En esta parte, Arriaga nos ofrece una historia folletinesca, a veces redundante y previsible, pero que alcanza su razón de ser al fundirse con las otras narraciones del libro.

Es en el relato de la vida del indígena Huitzlic, su ascenso social, su vida familiar y su trágico final donde encontramos los mejores momentos del libro, indiscutiblemente; narrado por su hijo mayor, hermano de Cuauhtémoc, protagonista fundamental en el cénit de la obra, las páginas que lo contienen sostienen la obra por completo, en una exploración detallada de una relación desabrida, férrea y desprovista del más elemental cariño, originada por un complejo racial que Arriaga dice existir todavía en su país.
La amplitud de la novela también propicia encontrarnos a un Arriaga dominador del lenguaje y de sus intoxicaciones fronterizas al narrar las implicaciones del asesino Cuauhtémoc con el mundo del narcotráfico, al que llega por amistad y que le acabará ahogando y en los escritos de los presos, agarrados a la literatura como tabla de salvación, encontramos al Arriaga más innovador e imaginativo, a un escritor total.

Deja un comentario