Se afronta El Colapso con el temor a que todo lo que se nos ha contado previamente sobre el uso del plano secuencia mediatice y limite el interés del televidente (término que el crítico debe ir pensando en dejar de utilizar) a una cuestión técnica básica en esta serie francesa, creada por el colectivo cinematográfico Les Parasites (disponible en España en Filmin), y considerada como una de las propuestas más audaces e interesantes que este 2020 ha dejado.
Y es cierto que cada plano secuencia es un portento de destreza, de artesana minuciosidad, de laboriosidad actoral y de planificación detallada; los ocho de El Colapso, alrededor de los que se estructura cada uno de los capítulos de la serie, pasarán a formar parte de un prodigioso catálogo en el que el nombre de sus creadores se unirá con los de originales precursores como Hitchcock (La Soga, 1948) o Welles (Sed de mal, 1958) o con los de aquellos que como Campanella (El secreto de sus ojos, 2009) o González Iñárritu (Birdman, 2014), apoyados en las ventajas de lo digital han llevado a esta técnica a sus máximos niveles de creatividad.
Pero aún así, optando la serie por ese recurso como único elemento narrativo, otras cualidades la engrandecen. Conforme avanzan los capítulos nos olvidamos de las explicaciones: las imágenes sirven para mostrar los temores de unos personajes que primero tratan de localizar lo básico (alimentos en un supermercado que empieza a estar desabastecido y en el que la luz empieza a fallar con demasiada frecuencia, gasolina en una estación de servicio cuyos propietarios la han empezado a racionalizar) y luego se limitan a huir, cada uno con sus cobardías y sus miedos, empleando sus medios y sus influencias, en busca de algún lugar todavía seguro, no afectado por el desastre.
A lo largo de los ocho capítulos pocas posibilidades nos ofrecen sus creadores de conocer los motivos del desastre. Tampoco sabemos si es un caos global o si solamente en territorio francés. Solamente existe una única concesión y llega al final, único momento en el que la historia rompe su linealidad temporal y retrocede 5 días antes de que todo empiece a hundirse. Somos alejados de esos motivos porque la apuesta de la serie, su principal logro, es hacernos partícipes de una experiencia moral y ética que se supone mucho más interesante.
Los protagonistas de El Colapso, siempre diferentes, salvo casuales reapariciones en otros capítulos, excepciones perfectamente engarzadas en las tramas, viven odiseas que los ponen al límite, físico (el agotador periplo naútico de la protagonista del capítulo titulado La isla) pero especialmente moral. Ante la diatriba moral y sin excepciones, todos optan por delinquir para salvarse: los ciudadanos que saquean la gasolinera, el aristócrata que recurre al chantaje y a sus preciados Vangoghs para emprender el vuelo en busca de una isla para los de su condición, el padre que roba el coche para huir con sus hijas…
Los escrúpulos ante una situación desasosegante en la que la lucha por la salvación frente a tus semejantes es el único desafío, en la que resulta casi imposible guiarse por la ética para esquivar un final inevitable, nos pone frente al espejo. ¿Qué haríamos nosotros en una situación así? Únicamente por planternos esto, El Colapso es una joya.

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