el Gaviero

un blog personal de José María Cumbraos

La avaricia rompe el saco en Succession

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Poco queda de interés en la tercera temporada de Succession (HBOMax). El declive del multimillonario Logan Roy y las luchas fratricidas por el poder en su inmenso grupo empresarial se dibujaban en las dos primeras temporadas con unos guiones convincentes y una verborrea y un exhibicionismo particulares. No queda nada de aquello en esta entrega: ni el lenguaje soez tan característico, ni la contemplación del lujo son alicientes ahora, todavía menos para una cuarta que ya se nos ha anunciado.

Se ha quedado en una tragicomedia para seguidores recalcitrantes o para ilusos que piensen que los valores (los del mercado) y las estrategias bolsísticas de Waystar Royco y sus accionistas son extrapolables a sus negocios, muy propio de un país tan dado como el nuestro al papanatismo, lleno de ridículos seres que denominan CEO al que no pasa de ser el jefe de una empresa de, quizás, tres trabajadores.

La serie opta ahora por lo puramente empresarial y deja a un lado lo folletinesco, craso error, ya que desde lo folletinesco se explicaba lo corporativo: los problemas de Kendall con las drogas, las dudas de Shiovan con su matrimonio con el fútil Tom, la ridícula carrera política de Connor, el complejo edípico de Roman con la veterana directiva Gerri, la inexplicable presencia de Greg, etc. Siempre hubo tiempo para que viésemos sus diferentes tejemanejes para llegar a un fin común: el asiento más próximo al del pater familias en el megayate en aguas del Egeo, en la flotilla de helicópteros con los que sobrevuelan Manhattan, en la boda familiar.

Todo eso ha sido postergado en la tercera entrega y sin ello difícilmente se salvará Succession. Por estirar el chicle y por la avaricia que rompió el saco de los Logan.

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