Viajes con Charley en busca de Estados Unidos
John Steinbeck, 1961 (Nórdica, 2014)
Hay libros que se eligen y otros que se acercan. Lo dice Sandra Ollo, editora de Acantilado, en un maravilloso diálogo con Mauricio Wiesenthal, ese torrente de vida y de literatura.
Sostiene Ollo que existen libros cuyo encuentro con el lector depende, si es que llega a suceder, de factores impredecibles, muchas veces relacionados con la casualidad, como si el lector fuese protagonista en una película de Iñárritu.
A mí, este “Viajes con Charley en busca de Estados Unidos” se me acercó llevando ya en casa cierto tiempo, tras ser elegido por motivos difíciles de recordar (alguna recomendación personal, quizás un tuit, quizás la ilustración de la portada…), más si cabe teniendo en cuenta mi absoluto desinterés por los libros de viajes. Ese desapego lo había relegado a la S de mi mueble (qué pudor decir “mi biblioteca”), a la vez que tampoco había dado una oportunidad a dos de Javier Reverte ni a uno del viajero Richard Ford.
Nunca había leído literatura viajera pero un día llegaron Steinbeck y Charley y se quedaron para siempre. Porque además ambos, hombre y perro, protagonizan el viaje soñado por muchos lectores. También por mí.
Su viaje de 1960 no se origina con una crisis personal ni es una huida ni Steinbeck escapa de acreedor o lío alguno. Tiene una vida acomodada en Nueva York, el favor del público lector y de parte de la crítica, unanimidad que ni siquiera la concesión del Nobel dos años después corregirá. El viaje es una misión: se exige salir a conocer las diferencias existentes en su país, se impone la idea de explicar como las gentes de Estados Unidos, un continente en sí mismo, piensan y actúan de modo tan diferente con apenas cientos de kilómetros de diferencia. Reconoce la necesidad de intentar buscar explicaciones, algo que podría resultar paradójico para quien de manera tan brutal retrató la América del desgarro en “Las uvas de la ira”
A esa aventura se lanzan hombre y perro (Charley, un caniche, francés, educado, “un diplomático nato”) con armas y bagajes a bordo de un genuino vehículo, bautizado Rocinante -una de las varias menciones a la cultura española que jalonan el volumen-, hecho a medida para facilitar el bienestar de los viajeros pero dotado con todo tipo de productos y utensilios para el propietario, experto en las habilidades sociales neoyorkinas, siga recibiendo en su salón, ahora rodante.
Durante 3 meses, siempre por los márgenes y en carreteras locales, apartándose de las gruesas autopistas que llevan a metrópolis que no desea cruzar, Steinbeck conduce a Rocinante por montañas y paisajes escarpados en el Norte, en los Lagos y en el Centro, por territorios más dóciles cuando se acerca a Oregón y al Pacífico, atraviesa los valles de California -su estado natal, en el que regresará a su adolescencia, a la diluida amistad- y llega a la independiente Texas y al arisco Sur, donde el libro opta por un nuevo rumbo.
En su paso por Louisiana y Nueva Orleans el escritor abandona su papel de testigo condescendiente, amable incluso ante gente ruda como sus entornos, y toma partido. Delante de la segregación racial (resultan escalofriantes sus líneas sobre el caso real de “las animadoras”, mujeres que acorralaban a niños negros que por decisión judicial eran admitidos en colegios donde hasta entonces se les prohibía el acceso) surge el Steinbeck más comprometido, valiente y progresista, enfrentado a situaciones todavía, sesenta años después, no tan lejanas.
En definitiva, el dominio del lenguaje, la elegancia humanista de Steinbeck y su fina ironía otorgan a esta obra un papel nada menor en la trayectoria de su autor y lo acercan al lector viajero que sueña e incluso al lector que no gusta de la literatura de viajes y aguarda por su oportunidad.
- El diálogo entre Sandra Ollo y Mauricio Wiesenthal pertenece al pocdast El camino de la lectura, en Fuera de Colección, de Libros del Asteroide, disponible en Ivoox y otras plataformas.

Deja un comentario