Por fin he leído a Fante, por fin he sabido de la vida de Arturo Bandini.
Hace unos días, una amiga al verme en la playa con mi ejemplar de Pregúntale al polvo (1939, Compactos Anagrama, 2006), me preguntó cuáles eran mis criterios para escoger una lectura. Pese al desdén que noté en la pregunta, no le mentí: para la atracción por Fante (su obra y su vida) fue clave lo leído a Juan Tallón en este brevísimo artículo en Jot Down.
Ya puesto con Fante, lo primero era tratar de entender si había exageración en la incorporación de Fante/Bandini a la mitología tallonesca, de por sí plagada de personajes y lugares comunes del Hollywood y Los Ángeles de la primera mitad de siglo XX.
Fante es fácilmente mitológico. Arrastra la maldición del incomprendido, del escritor que no vende un libro en los años de su vida mientras otros contemporáneos (Faulkner, Dos Passos, Steinbeck,,,,) atesoran fama y fortunas. Recuperado muchos años después – en parte por lo escrito por Bukowski, recogido como prólogo en esta edición – es evidente que estamos ante un escritor independiente, provocador por momentos, que jamás concede respiro al lector y le deja bien claro que él y su álter ego, Arturo Bandini, lo fian todo a la literatura, único destino posible al que dedican todas las horas del dia en una ciudad cruel, agreste y de calles infinitas.
En Pregúntale al polvo encontramos a Bandini (al que Fante empleará en otras tres novelas más) instalado en su cuártel de operaciones, una pensión miserable de Los Ángeles, a cuya casera paga con dificultades pese a jactarse de haber cobrado ya su primera colaboración, un relato breve, en una revista literaria.

John Fante, a portrait (1939). Los Angeles Public Library
Hijo de emigrantes italianos, Bandini aterriza en una selva de inmigrantes, espías y matarifes de novela de James Ellroy, por la que malvive conviviendo con una legión de delincuentes, pícaros e idealistas, todos ellos aspirantes a mucho y obligados, casi todos ellos, a conformarse con la supervivencia.
El idealismo de Bandini/Fante se presenta al lector a modo de un vaivén de sensaciones, siempre aliñadas con una pizca de exageración, una lista de bandazos infinita: se jacta de que su agente literario le ha pagado una suma considerable pero admite sin pudor las dádivas de su madre, fanática religiosa que convive con un marido alcoholizado en el lejano Denver, denigra a Camila, camarera en un tugurio, pese al deseo que le provocan sus brillantes muslos, se niega a colaborar en los desvaríos literarios del colega de Camila para luego ceder y corregirle unos escritos pésimos, no quiere entrar en el amaño entre su vecino y el repartidor de leche pero participa en un alucinante asalto a una ganadería para robar un ternero con aquel…
De este modo se sucede una ristra de situaciones que nos ponen en la tesitura de pensar que Bandini es un malnacido. Pero no resulta serlo. En muchos aspectos su corazón es ingenuo y bondadoso, su educación católica choca con el malditismo que le persigue y le obliga a disfrazarse de duro, a considerarse una estrella en ciernes, un profesional de las letras condenado al éxito y que momentanéamente, esa es su intención, se ve obligado a rodearse de perdedores.
Fante nos confunde adrede y lo hace con una facilidad pasmosa, saltando de momentos en los que Bandini pasa de la traidora euforia (sentirse genial alimentándose a diario de naranjas, creerse un guardián de la moral no participando del apaño entre su famélico vecino y el repartidor de una leche atroz…) a la desazón más absoluta, nunca admitida, negada con un ímpetu e ilusión indestructibles, conocedor autor y alter ego de que esa es la única manera de cumplir los sueños y obtener el reconocimiento. Aunque llegue tarde, incluso cuando ya no lo pueda ver.

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