el Gaviero

un blog personal de José María Cumbraos

Guadalupe Nettel brilla en el relato corto

·

Los divagantes (Guadalupe Nettel, Anagrama, 2023)

No conocía la obra de Guadalupe Nettel. No hay tiempo para leer tanto como uno quisiera (algo que explica como nadie el gran James Salter, referente máximo del amor y el goce por la lectura y la escritura, al que pronto dedicaremos un artículo en esta sección) y bien que se siente, más aún cuando uno se acaba topando con una escritora como ésta.

Conozco en cambio la obra de otras compatriotas suyas, especialmente la de Fernanda Melchor y también la de Cristina Rivera Garza, ambas con una manera personalísima de narrar historias, notables las dos.

Pero con Nettel comparten poco más que la nacionalidad y, para lo que nos importa ahora, el talento ante la hoja en blanco, algo que no es baladí y ante lo que la procedencia, el origen o el género apenas debería importar al lector o condicionar sus escogimientos.

Comparándolas, no hay en las historias de Nettel lugar para el naturalismo salvaje, la hosquedad de las vidas que narra Fernanda Melchor en sus tres primeras novelas, tan desabridas como extraordinarias las tres. No encontramos en los cuentos de Los divagantes esos personajes cerriles que intentan sobrevivir en los límites de los límites, condenados desde el nacimiento, apenas sin oportunidades y lanzados cuesta abajo hacia tragedias inevitables.

Tampoco aparece aquí la literatura del yo que busca exorcizar demonios y ajustar cuentas con el pasado, esa en la que Cristina Rivera Garza ha demostrado conducirse con elegante solidez. En Los divagantes hay una literatura personal, narrada casi siempre por voces femeninas pero que relega al yo, o por lo menos, lo aleja del foco más potente, introduciendo al lector a la historia y dejándole tomar partido.

Hay por lo tanto grandes diferencias entre Nettel y sus compatriotas. Y añadamos otra más, que sorprenderá al lector, conozca o no a aquellas: Nettel, su literatura, no parece mexicana. No encontraremos en sus cuentos modismos, ni giros ni locuciones que sí son frecuentes en Melchor o Rivera Garza, apabullantes por momentos. La escritura de Nettel se aleja geográficamente de sus orígenes y también sus temáticas parecen escapar de cualquier límite espacial, son aplicables a los sentimientos y a las emociones humanas globalmente.

Esa búsqueda introspectiva es uno de los pocos nexos comunes que podemos hallar en los relatos de Los divagantes. Los dos primeros, La impronta y La cofradía de los huérfanos, cautivadores, técnicamente perfectos, hablan del desarraigo y la marginación de dos personajes masculinos, despegados de las estructuras familiares tradicionales y heridos en batallas fratricidas que Nettel prefiere obviar (dominando técnicamente las medidas justas del relato corto) para dejar que sea el lector el que imagine a qué se debe un desarraigo que podrá identificar con lo suyo, dejándose llevar por “los prejuicios que nos construimos”.

Nettel no se conforma con lo experimentado, lo que sabemos que nos pasa o nos podrá pasar porque no somos diferentes: a las pulsiones humanas, que no finalizan jamás, nadie es ajeno. Se maneja bien mostrándolas tanto como cuando opta por cambiar de registro y pasarse a lo que desconocemos y nos perturba. En La puerta rosadaEl sopor y, especialmente en Un bosque bajo la tierrala escritora mexicana se zambulle en lo desconocido e incluso dibuja paisajes distópicos, desagradables, una superación de nuestros límites con finales desiguales, siempre perniciosos.

Pero es en Los divagantes, en el relato que da título al volumen, donde encontramos a la Nettel más brillante, las más poética. El relato, ubicado este sí en un tiempo y un espacio concreto (la Villa Olímpica del DF, llena de exiliados huidos de las dictaduras militares de Argentina y Uruguay), es sencillamente magistral.

Es un relato bello que habla de la infancia, de la amistad entre Camilo y la narradora de la historia, forjada en los pupitres y los despertares adolescentes, retomada años después tras el deambular de ella por Estados Unidos y Europa, pero de diferente manera, ya aplastada por las responsabilidades y por lo dejado atrás; lo es cuando se habla del albatros, pájaro de buen augurio y de cuya posible muerte se alejan los pescadores como de la peste; y es metafóricamente magnífico, lírico y sensible cuando Nettel empareja el regreso a casa de los exiliados, indispensable para Camilo, innecesario para su padre, con el planeo divagante del albatros por encima del mar, evitando la desorientación y la caída.

Deja un comentario