el Gaviero

un blog personal de José María Cumbraos

Londres devora sin piedad

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Caledonian Road

(Andrew O`Hagan, Libros del Asteroide, 2025)

Dice Andrew O’Hagan que su intención al escribir Caledonian Road fue la de hacer de Londres el protagonista esencial de la obra. Cualquier lector que se embarque en las 661 páginas de esta novela —háganlo sin asustarse, la ciudad, todas las situaciones y todos los personajes que la atraviesan capturarán su interés enseguida y quizás hasta ese número de páginas les resulte corto— comprobará que el objetivo del autor se hace evidente y con rotundidad, de principio a fin.

Si John Lanchester reflejó con brillantez en Capital (Anagrama, 2013) cuán cercanos están los negocios sucios de la City con la lucha de polacos o pakistaníes por salir adelante en el entramado urbano y cómo esa maquinaria, imparable, monstruosa, expulsa a diario y sin pudor a débiles y desfavorecidos, ahora recogiendo ese testigo, con un detenimiento si cabe superior, O’Hagan da a la narrativa londinense la vuelta de tuerca que se merece una situación tan complicada como la que supuso el final de la pandemia y la desorientación que a casi todos los estratos sociales produce el Brexit. 

Pero, una vez admitida la idea de que Londres es el eje sobre el que todo gravita, la novela se agiganta cuando se nos aparece como un estudio psicológico de un grupo de personajes descritos con maestría y oficio, ejemplares de una fauna quizás extrapolables a otras metrópolis, todas ellas tan parecidas e interconectadas, pero aquí dotados de una idiosincrasia tan particular que merece una reflexión detenida.

No se trata de humanizar a la ciudad al convertirla en personaje. La ciudad, existe suficiente literatura al respecto, siempre ha sido inhumana, monstruosa. Es la vida de cada uno de ellos la que intenta encajarse en Londres, sabedores, a modo particular, de que la ciudad les va a condicionar todas sus oportunidades (las cogidas, las perdidas o las que puedan surgir), que pertenecen a otros mundos pero que la urbe les magnetiza.

Caledonian Road, calle del distrito de Islington, deviene aquí en metafórico enjambre en el que habitan vidas y sueños que penden de hilos finísimos para no desmoronarse. Aunque hay un claro protagonista principal, Campbell Flynn, profesor universitario de arte y crítico y escritor de éxito, O`Hagan convierte el libro en un cóctel en el que se mezclan, agitados y revueltos, mucho más cercanos e interconectados de lo que se piensan, ejemplares de la alta nobleza próxima a la monarquía, dependientes en exceso de factores y elementos a los que tradicionalmente han despreciado y pisoteado, oligarcas rusos capaces de comprar el barrio de Chelsea o de arrasar en subastas en Sotheby’s, impostadamente interesados en la ópera o el arte y entregados a la destrucción, moral o física o ambas, de cualquier rival que ose enfrentarse, jóvenes cachorros de las clases altas, entregados a otra impostura, la de las redes sociales, a través de las que ganar dinero fácil y disfrutar fiestas infinitas, raperos negros que pretenden enarbolar el racismo equivocándose de rivales y amando la violencia de manera excesiva, trabajadores ilegales, en fin, de Polonia o de Vietnam, siempre engullidos por la ciudad y sus mafias, como mulas de carga para tráficos cada vez más osados, siempre en los límites.

La relación de Campbell con su alumno Milo Mangasha, hacker que le introduce en los frutos prohibidos de la darknet, produce que todos los representantes de esos grupos inicien su particular descenso a los infiernos, irresoluble en algunos casos, con un parte de daños de complicado arreglo en otros. 

Milo y el profesor Flynn se necesitan y, sobre todo, se utilizan mutuamente: el estudiante para ascender socialmente, honrar la figura materna (inmigrante africana) y para acceder a investigaciones sobre la podredumbre de las altas esferas a las que llega a través de su mentor; el profesor para fundamentar su conversión de experto en arte clásico (su libro sobre Vermeer ha sido un éxito editorial y le ha proporcionado fama y dinero y prepara otro sobre Rembrandt) a defensor de los fundamentos del arte neocolonial y embajador de la cancelación y lo woke para sorpresa de familiares, relaciones sociales y colegas profesionales. A la vez mantiene una especie de doble vida en la que escribe, empleando un negro, sobre la masculinidad actual. Su decadencia, agravada o producida por problemas mentales y de consumos, facilitados en parte por las puertas abiertas por Milo, corre en paralelo a la de todos los protagonistas de la novela, cuyos mundos se acabarán desmoronando mientras Londres seguirá tan imponente y pomposa como siempre.

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