Lo único que importa es el verano
Francesco Pecoraro (Periférica, 2025)
No se deje llevar el lector por el título de esta obra ni por la evocadora fotografía de la cubierta editada por Periférica en España, bellísima, y lo considere como un libro ligero. Tampoco piense que la lectura le vaya a mitigar la melancolía de la inevitable retirada del verano, del que por aquí poco rastro parece quedar. Si lo lee, ojalá esta reseña le convenza, comprobará que la obra de Francesco Pecoraro, escritor y arquitecto, algo que verá como no es baladí, es mucho más que eso.
Sus personajes (y sus vicisitudes) son, como las tardes septembrinas, indecisas, nostálgicas, irregulares. Están llegando a la treintena y en sus vidas las elecciones y las renuncias, forzadas o voluntarias, ya empiezan a pesar más que las ilusiones. Llevan sus alforjas llenas de sueños incumplidos y decepciones, pesos que pretenden aligerar al irse un fin de semana a la costa del Tirreno, como autómatas a salvar una amistad tambaleante, distanciada, desprovista de la ingenuidad de la adolescencia, una amistad que no saben si quieren salvar.
Giacomo, Enzo y Filippo huyen a Anzio desde la pavorosa Roma estival. Biba, compañera del trío desde los tiempos del instituto, llegará al día siguiente para acompañarles en su fin de semana veraniego. Lo hará tras llegar de Génova de participar de las protestas antiglobalización convocadas con motivo de la reunión del G8 y donde ha contemplado una brutalidad policial que por prevista y conocida no ha dejado de atribularla.
Delante de Biba Pecoraro convierte a sus tres amigos en un ente (lo bautiza como GEF, incluso), los desnaturaliza. A ella se agarran los tres. Ella es el ancla al que se enganchan para no hundirse, cada uno a su manera y en unas aguas de arenas poco firmes. Porque Biba, amiga y amante de todos, es la única que conserva todavía cierto compromiso ante una realidad que los tres rehuyen y que prefieren no afrontar.
Ese verano —el de los cuatro, también el nuestro, el que se ha ido ya—es descrito por el autor con la facilidad de los que saben evocar lo vivido, gozoso o triste. En las páginas de Pecoraro olemos pescado frito de los restaurantes del puerto de Anzio, se escucha a los chicos saltar desde los muelles, se recuerdan los desengaños amorosos de la adolescencia en fiestas inacabables y se vuelve a sitios mágicos, “sitios que solo existen en verano”.

Pero Pecoraro no se limita a la añoranza. Su formación como arquitecto y urbanista salpica toda la obra. Los trayectos en coche de los protagonistas por la Costa del Tirreno le sirven para denunciar el espurio urbanismo que, en aras de lo igualitario, afea el paisaje y lo desnaturaliza. Roma, transformada desde la década de los 60 por las obras para los Juegos Olímpicos, es más que nunca “un monstruo milenario” donde sus barrios apenas conservan la identidad pasada.
Junto a la crítica al capitalismo devastador, Pecoraro toma partido frente al neofascismo de Berlusconi, manipulador y violento. Su libro es literatura comprometida y quejosa, desesperanzada y con el mismo punto de amargura y desazón que sus protagonistas, cada día más lejos de cumplir sus sueños, indiferentes con lo que el sistema les ofrece (“ni de izquierdas ni de derechas, o sea de derechas”) y resignados.

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