el Gaviero

un blog personal de José María Cumbraos

Lucía Solla, originalidad y didáctica en su debut

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Se escribe con profusión en estos tiempos sobre el duelo. También sobre la violencia machista. Y sobre ambos se debe seguir escribiendo y leyendo. Acerca de aquel, para saber cómo sobrellevarlo cuando, inevitable, nos sea familiar. Sobre la violencia contra las mujeres, porque conocerla más, tan brutal como diferente, contribuya a que no bajemos los brazos en una batalla que a todos nos incumbe, también frente a los hipócritas que pretenden negarla.

Comerás flores, debut novelístico de Lucía Solla Sobral –sus primeros escarceos literarios fueron poéticos, algo evidente en el lirismo con que describe sentimientos, olores, rostros o cuerpos– aborda ambos temas de manera sosegada, alejándose del estrépito, con originalidad literaria, realismo y cercanía.

Con el fallecimiento del padre de Marina, la protagonista, licenciada en Periodismo, con trabajo precario y vivienda compartida con su mejor amiga, Diana, se abre la novela. Su recuerdo sobrevuela continuamente la historia y ella hace de él su particular confesor, en las buenas o en las malas.

El machismo y la violencia surgen arteros, envueltos en el disfraz del amor romántico. Marina lo comprueba, en un proceso que deviene en dolor y daño, tras enamorarse de Jaime, veinte años mayor y con una hija de sus mismos veinticinco. “El hombre más guapo del mundo” llena su vida de experiencias impensables, despertares con los desayunos más refinados en los mejores hoteles y un vestidor infinito del que, pasados dos años, querrá saltar antes de que todo se torne oscuro y dañino.

Ambos ejes temáticos son conocidos y existen suficientes referencias en la literatura reciente que podrían hacer reiterativa la propuesta. Ese es el reto que Lucía Solla afronta, un desafío que supera. Aunque su estilo sea atrevido (no usar comas para reflejar lo pensado con más nitidez, repetir estructuras como hilos conductores para recordar los cambios en la vida de la protagonista, por ejemplo), también aparenta ser consciente de que lo argumental debe prevalecer, de que cualquier narración que aborde los temas de esta se ve obligada a una didáctica que aquí resulta evidente y lograda.

Lucía Solla asume esa labor y la refuerza con el lirismo mencionado antes: llegando a la inevitable exageración cuando habla del amor y la admiración que Marina siente por Jaime (“nos investigamos las pieles como monos acicalándose” o “me acariciaba con manos de lenguas de volcán”) o con rigor y destreza cuando trata la amistad con Diana o el amor por su padre (en vida o ahora cuando a él “no le había dado tiempo a convencernos de su muerte”).

La narración del bienio negro de Marina, el de todas esas Marinas que existen tan cercanas a nosotros, esos años que empiezan multicolores y se oscurecen de manera silenciosa y ladina, también sirve, finalmente, para reforzar el papel de las redes familiares y afectivas como asas en las que sujetarse para detectar el daño, escapar de él y relegar también el miedo. 

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